
La observación, el contacto directo y la relación con la tierra y la naturaleza son las mejores fuentes de salud y bienestar que existen. Ese contacto podemos llamarlo huertoterapia.
Con el cultivo de la tierra aprendemos, por ejemplo, que en el día a día cosechamos aquello que sembramos. Al cultivar un huerto con nuestras manos estamos satisfaciendo tanto las necesidades del cuerpo como las de la mente. Trabajar la tierra nos hace más sensibles a la vida y despierta los muchos potenciales internos de cada uno de nosotros. El contacto directo con la tierra y la vida que sobre ella prospera, adquirimos y desarrollamos aspectos tan importantes como la paciencia, la humildad, el esfuerzo perseverante y la satisfacción. A cambio, día a día, el huerto o jardín nos regala un esplendor de hortalizas, frutos, flores, sabores, colores, además de la oportunidad de realizar tareas creativas.
Asimismo, el huerto permite el desarrollo de la creatividad, ya que una de las premisas básicas de la agricultura ecológica es procurar crear espacios de cultivo con la máxima biodiversidad posible. Cuantas más especies diferentes de plantas estén plantadas en el mismo espacio, más se favorecen los equilibrios biológicos que propician la salud de la tierra y de las plantas.
El tiempo que dediquemos al cultivo y cuidado de las plantas y a disfrutar de los espacios llenos de vida, de verdor y de colores nos aporta más beneficios psíquicos y físicos que una hora diaria al gimnasio.
Imagen: onigiri-kun



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